Fiverr, o cuando una portada barata sale cara

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Hoy vengo a contaros una experiencia personal que esperaba evitar y no fue así en absoluto. Antes de empezar, quiero decir que yo rompo una lanza por ideas como Fiverr. Sé de primera mano que han funcionado la mar de bien a muchísima gente y estoy dispuesto a volver a probar en el futuro con otros propósitos creativos. Eso sí, con más cuidado. De eso va el artículo de hoy. Además, ya de paso, os descubro una gran herramienta.

¿Qué es Fiverr?

Fiverr es una plataforma interesantísima donde creativos de diferentes géneros y sectores ofrecen sus servicios a cambio de una remuneración bastante asequible. ¿Qué tipo de servicios? Pues desde traductores hasta diseñadores gráficos, músicos, etc. Es una herramienta muy dinámica e intuitiva que en cuestión de segundos nos pone en contacto con el creativo que necesitemos.

Todos ellos cobran una cifra determinada en su perfil que luego se amplía si el servicio requerido es más extenso o complejo. Es decir, hay traductores que ponen una cifra de, digamos, 40 dólares por una traducción de 5000 palabras. Si el texto que mandamos excede esa cantidad, por cada 1000 palabras cobrará 10 dólares más sobre la tarifa base (lo que él decida, en realidad). También hay servicios premium específicos para trabajos más complicados, todo depende de con quién nos encontremos y lo que busquemos. Yo he llegado a ver gente que ofrece crear portadas para libros en tres días por 5 dólares.

¿Cual es el problema? Que, como pasa en internet a menudo, hay que separar la paja del grano, porque el tema es que puede registrarse todo quisqui como creativo… y lo siento, pero no todo el mundo pasa por el filtro. La idea de ganar dinero realizando servicios similares como freelance es suculenta, claro. Y como todo negocio del estilo atrae a profesionales y a ratas por igual. Indagando me he encontrado a más de uno (y una) que es para mirarles con el ojo revirado. Por ejemplo, buscando traductores me encontré a una supuesta profesional (sin ningún tipo de especialización que avalara su trabajo) que ofrecía traducir textos de español a inglés, cuando sólo su descripción personal en español ya tenía más faltas de ortografía que un cuaderno Rubio de preescolar. Pues eso, que de todo hay, y eso incluye gente que, sin ser un caradura, no es un profesional del sector o del género o simplemente no es tan bueno. Esto me pasó a mí y os lo cuento a continuación en detalle.

La increíble historia de mi despilfarro

El caso es que me encontraba buscando un diseñador gráfico con amplia experiencia en portadas de libros para que hiciera la mía. Ya tengo suficiente con escribir, y además revisar y maquetar para Ebook y papel. Todo eso lleva tiempo y estrés, así que había decidido delegar esta única tarea a alguien profesional y competente. Como ya sabéis, el aspecto de una novela es importantísimo porque es lo primero que el lector va a ver. Así encontré a la que vamos a denominar en clave de ficción como María.

Me dediqué a buscar un poco entre los mejor votados, que es normalmente la clave para acertar, y encontré a esta chica que rebosaba de buenas reviews, y además decía ser cabecilla de un reputado estudio de diseño gráfico al mando de más creativos. Todo valoraciones de cinco estrellas, ¡qué maravilla! ¡Nadie había votado por debajo de cinco! Sólo encontré una mala, y qué coincidencia que a día de hoy ha desaparecido…

Esta mala crítica decía algo así como que la chica no seguía las instrucciones de lo que se le pedía, que respondía de malas maneras y que cuando finalmente acabó el trabajo y el cliente estuvo contento, tomó su diseño final como rehén hasta que no le pusiera la máxima puntuación. Entonces él, ni corto ni perezoso, le puso la peor. Mala jugada, María.

He de decir que leer esto me hizo cagarme encima, pero ya era demasiado tarde. El servicio estaba recién pagado, así que mi alma quiso auto engañarse. Decidí que al ser sólo una opinión y teniendo en cuenta (de primera mano) que ciertos clientes pueden ser unos capullos integrales, decidí darle una oportunidad y el beneficio de la duda. Además, ¿por qué iba a ir mal? Las portadas que figuraban entre sus diseños eran, la mayoría, excelentes. Luego otras, extrañamente, eran bastante malas, pero no quise darle importancia a esto para no perder la esperanza. A posteriori descubrí que muchas de esas “excelentes portadas” directamente no eran suyas. Las que sí, eran las malas (y algún otro trabajillo decente, no vamos a negárselo).

Puestos en situación, aquí comienza el terror. Contacté con ella. Le dije que quería una portada para una novela de fantasía que transcurre en un ambiente desértico y de corte árabe. Que quería una portada que la gente se tomara en serio, que no se viera como algo adolescente y definitivamente que no quería ilustraciones en ella, sino fotografías (enfaticé en esto varias veces). Le mandé imágenes de cómo luce ese mundo para que se hiciera una idea de su aspecto; fotos de portadas que me gustan para que supiera qué tipo de composición quería y hasta le conté un poco la historia de la novela. Todo esto con el fin de que tuviera la máxima información de cara a hacer un buen diseño.

Por último, le expliqué que la idea de portada que yo tenía era de una silueta de espaldas mirando unas ruinas en medio de un desierto. Un diseño de colores cálidos que recordara a historias tipo Lawrence de Arabia. También le dije que el protagonista lleva una máscara plateada con forma de cuervo. Le dejé absoluta flexibilidad para que, con esta hoja de ruta, ella creara lo que quisiera. Le dije que no debía ajustarse exactamente a los parámetros si veía que algo podía funcionar y la vena creativa le llamaba. A todo asintió sin preguntas.

Primer intento.

Tres días después, llegó a mi correo el primer diseño. Lo abrí con emoción para ver el contenido y a cambio sufrí un ataque:

Dos imágenes sacadas de Assassins Creed y listo.

Me pareció un trabajo horrible. Más que horrible, de absoluto aficionado. Ese asesino de la portada es clarísimamente identificable para cualquier fan de la saga de videojuegos Assassins Creed. La de detrás es la ciudad de Acre en un artwork que, curiosamente, también es de ese juego. Me llamó la atención ver todo en blanco y negro y nada de color. Al menos cogió una disposición de elementos aproximada a lo que le dije.

Con el diseño me llegó un siguiente mensaje, que leí nervioso: “Este diseño es orientativo. Es para saber si es por este camino por el que debo tirar. Estoy seguro de que una vez terminemos las diferentes pruebas quedará tal y como has soñado“.

Ok. Al menos era amable y maja. Decidí confiar en que sólo buscaba un rumbo. En cualquier caso, le expliqué lo de que no quería nada relacionado con Assassins Creed ni otra franquicia reconocible; insistí en el tema de “algo serio” y de que no pusiera ninguna ilustración, lo de los tonos cálidos, lo del personaje de espaldas, etc. Me dijo que sí a todo.

Segundo intento.

Pasados tres días más, recibo el siguiente diseño, al que vuelvo a acudir con gran emoción y temor:

Nos vamos acercando. Pero, ¿qué le pasa a esta mujer con las ilustraciones?

Este segundo me gustó bastante poco, pero al menos parecía haber escuchado mejor mis indicaciones y avanzado algo. Ya había una silueta pero era gigante, y todo tenía un aspecto más de terror que de aventura. Eso sí, el personaje seguía pareciendo de Assassins Creed y de los tonos cálidos nada, pero lo que más me tocó las narices era que seguía conservando el aspecto de ilustración que, por tercera vez, le había dicho que no quería. También me dí de la existencia de esa cosita que figura debajo del título, esa especie de cara de mapache. ¿Pero qué se supone que era eso? Y lo más importante, ¿qué hacía ahí?

Cuando le expliqué todos los fallos creo que fue cuando ella se rindió. Percibí que se había dado cuenta de que no sería capaz de despachar rápido este diseño y echar a correr. De hecho, le mandé más portadas en las que podía basarse (Desert God de Wilbur Smith, Let the Sky Fall o Star of Wonder de Tracy Higley), le especifiqué mejor las cosas por si era fallo mío el haberle dejado demasiada libertad creativa… No sirvió para nada.

Tercer intento.

A los tres días me mandó varias versiones, que podéis ver más abajo. Creo que no sabía ni por donde tirar así que me dijo que había hecho varios modelos para que le dijera cual se parecía más. Esto le serviría para para orientarse.

¿¿Otra ilustración?? Un copia pega de una imagen a portada y contraportada.

He de decir que no me disgustó demasiado el concepto, pero eso no logró evitar un bufido de decepción desde lo más profundo de mi esófago. Además, tenía ante mí otra ilustración… ¿por cuarta vez? ¿De verdad era imposible librarse?

 

Al menos no es una ilustración… no del todo.

Aquí me dio la impresión de que había descartado todos los conceptos expuestos, hasta que se había decidido a escoger sólo uno de ellos, no la totalidad. Es cierto que guardaba una semejanza con la idea, pero de desierto, de ruinas y de silueta, nada. Sólo los tonos cálidos. Perdí la esperanza cuando recibí la siguiente imagen. Vais a flipar pepinillos.

 

En serio? O es broma, esto.

El palacio de Aladdin. Flipas. Y con fondo rosa. El p*%to palacio de Aladdin. Sólo falta el careto de Hello Kitty en una de las esquinas. ¿Tan difícil era entender lo que le estaba pidiendo? Me parto, además, cada vez que leo la marca de agua esa donde figura “sample“. Vamos, como si alguien se fuera a dignar a robar esta Giocconda que me había mandado. Mi único consuelo es que por fín había quitado la maldita carita de mapache que me estaba poniendo nervioso. Ella me aclaró que no era un mapache, sino la máscara de cuervo del protagonista que le había comentado. Me dejó sin palabras.

Cuarto intento.

Desprovisto del ánimo y la emoción iniciales y tras nueve días, me tomé uno para poder responderla decentemente. A punto estaba de cancelar el pedido, pero decidí que había pagado y había que amortizarlo. Le expliqué una vez más todo y le facilité fotos que se parecían a lo que yo quería, aunque ya no había mucho más que rascar. Si no lo entendía, no lo entendía.

Tres días después me mandó esto:

Mñeh.

Fue lo más cercano al concepto que ella se dignó a diseñar. Eso sí, con una ilustración como un sol de Agosto, para dejar patente que le daba absolutamente igual lo que yo le pidiera. Pongamos atención también a la manera en la que había diseñado esa elaborada sinopsis en la contraportada y la alta calidad de detalle de todo el conjunto.

Tras esto, y como el trabajo estaba pagado y no podía recuperar la inversión, decidí que lo dejaría estar y tomaría yo las riendas. Le pedí que mandara el archivo PSD (el archivo origen, con la maquetación) y así seleccionaría yo la foto de iStock, ya que ella no se había dignado a utilizar ninguna, y eso que entraba dentro de lo pagado.

María me puso quejas pero accedió. Me mandó su diseño junto con esto que veis debajo, algo que aún no sé cómo tomarme y que supongo era para mostrarme lo mucho que me iba a gustar la portada materializada en la vida real.

La prueba patente de que se cachondeaba de mí.

Decidí dejar el tema de la portada aparcado por unos días y volver a él más tarde. He hecho diseños y logos puntuales, tengo conocimientos de photoshop y otros programas de edición. No estoy titulado y no he hecho ningún curso, y aunque todo lo aprendí a base de práctica, vídeos y algo de sentido común, decidí que también diseñaría yo mi portada (que era, precisamente, lo que había querido evitarme hasta ahora).  Tengo que admitir que soy bastante exigente para mis cosas y me cuesta delegar trabajo cuando sé que yo puedo hacerlo mejor y sin tener que pagar.

Finalmente conseguí la imagen de iStock. En una noche y dos mañanas terminé el diseño, aunque de momento sólo lo podéis ver en este banner que he creado para anunciar que, finalmente, ¡El Secreto de los Malditos saldrá en preventa el 15 de Mayo en Amazon! Y de momento, hasta que no saque el booktrailer en un par de semanas, no puedo dar más información.

El Secreto de los Malditos

Para terminar, quiero dejar claro que con este caso que os he contado no pretendo desanimaros con Fiverr. Como he dicho antes, voy a darle una oportunidad a otros servicios que ofrece, pero a partir de ahora con mucho más cuidado a la hora de a quién contrato. Esta jugada de la diseñadora me costó 57 euros y, aunque a alguien le pueda parecer poco dinero, al final es como si lo hubiera tirado. Y lo que es peor, también he perdido mi tiempo.

Así que ya sabéis, si entráis a contratar servicios, hacedlo con cuidado y revisando bien. Yo soy el primero que he caído en un error por ansioso y por mis ganas de completar la novela. Como dice el refrán: vísteme despacio que voy con prisa. Pues así con Fiverr.

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